Extranjería: aprender a pronunciar nombres difíciles Politica y Sociedad - 29/10/2009 11:47h |
Por Sebastián de la Obra. Historiador-Bibliotecario
Comentan que se prepara una nueva redada antes de que se apruebe en el Congreso la Ley sobre los nombres difíciles de pronunciar. Todos los libros de mi Biblioteca, o casi todos, deben ser escondidos, ¿pero dónde?. Si los alojo en casa del vecino, pongo en riesgo su integridad. Si selecciono los que tienen más edad, serán los primeros en ser quemados. Si los distribuyo en la red de amigos, irremediablemente, se perderán. Si escojo los menores de 65 años los devolverán a sus lugares de origen, es decir a la memoria, un espacio en el que no molestan ni generan coste alguno, pero no podré tocarlos, ni leerlos, tal vez solo soñarlos. Podría falsificar sus tejuelos al modo en que hacían los judeoconversos, colocando la expresión “Viejo Testamento” donde debía decir “Torah”. O colocar los más difíciles de pronunciar ocultos en una segunda fila.
Cuando lleguen los inspectores, normalmente torpes y poco dados a las lenguas y, mucho menos, a la correcta pronunciación, ¿cómo les explico la dificultad en la pronunciación del nombre?. ¿Cómo explicarles que hay que usar la historia, las sensaciones y la imaginación para no confundirse?. ¿Cómo pronunciar Your-ce-nar, Sha-kes-pea-re, Leo-par-di…, sin que sospechen algo desde la primera sílaba. Deberé aclarar que Calvino no es el hereje cismático sino un anodino-para restarle importancia- escritor italiano (uno de los autores que me producen el vértigo del placer y del que no debo nombrar siquiera que nació en Cuba). De Dostoievski diré que no genera gasto social alguno. Esta muerto y casi olvidado. De Masttreta diré justo lo contrario, que goza de perfecta salud. Juraré que está de visita, que su visado es turístico y que me voy a deshacer de ella lo antes posible…Antes de que toquen los anaqueles les diré que se equivocan, que Zola, Pavese, Simenon y Sciacia aunque suenen raros son comunitarios:¡ lo juro!
Ya han llegado. Se dirigen directamente a la estantería mas querida por mí. Son mi memoria nunca suficientemente reconocida. Intentan pronunciar: Wa-lla-da, Ibn Rus-chd, Ben-Mai-món, Ha-le-vy, ¡pero esto que es!, grita el más joven y, aparentemente, espabilado. ¡Y hay más!…Ben-Ez-ra, Ibn-Hazm, Nah-ma-ni-des, …Les ruego que no se equivoquen balbuceo, ¡las apariencias engañan!, les digo a modo de vieja verdad, de esas que no necesitan demostración. No es lo que parece, estos que tienen tan impronunciable nombre son de aquí, de Córdoba, Sevilla, Málaga…desde hace mucho tiempo y la ley (solo la ley) les reconoce la nacionalidad…¿ Y qué me dice de estos?, se encara el más joven. León El Africano y León Hebreo, estos ni siquiera ocultan su origen, ¿estos también son españoles?. Intento explicar que aunque la Historia los convirtió en extraños, también son nacidos aquí. En un caso se trata de un gran viajero al que se le incorporó ese topónimo como apellido y en el otro, “hebreo” nunca puede ser sinónimo de extranjería. ¡Es tan difícil borrar los estigmas!. Con ambos me fue imposible convencerlos… Iban arrancando libros y más libros, los tejuelos caían, arrastraban a los libros vecinos. Al final sobre el suelo, al alimón, seleccionaban: Amery, Camoens, Camus, Celine, Brecht, Wolf…,¡son comunitarios!, ¡son comunitarios! grité en resorte automático. Ka-da-ré pronunció uno de los agentes…y yo no supe que contestar. (Mi afición a leer la prensa varios días después era la causante de que no supiera, en ese instante, que a Ismail Kadaré le acababan de conceder el Premio Príncipe de Asturias de las Letras…su emocionante libro “El Firmán de la ceguera” fue levantado del suelo y expulsado de la Biblioteca). Si pudieran volar ya se habrían dado a la fuga. Pensé frente a esos nombres que yo soy menos que mi nombre. No cabían argumentos, ni consideraciones sobre sus cualidades artísticas, ni sobre los más jóvenes y prometedores, ni sobre la Historia y la Memoria, ni sobre sus innegables servicios y aportaciones… Sólo había que averiguar su condición administrativa. Esa era la consigna.
Sorprendentemente pasaron de largo por una estantería. No pregunte. ¿Estarían cansados por hoy?…Sin embargo sus nombres eran tan impronunciables como el resto: Baldwin, Poe, Sontang, Faulkner, Carver, Bowles…¡qué raro!. Al fin, a la altura de mis ojos estaba la clave: la balda tenia un tejuelo que decía: Literatura Norteamericana . No solo estaba a la altura de nuestros ojos, estaba fundamentalmente a la altura de su intuición e inteligencia deductiva y, ellos conocían que no era necesario el visado para…
Hablaban por el móvil. Escuché en algún momento el nombre de Vargas Llosa…¡Está bien! comentó uno de ellos. (Vargas Llosa tiene desde hace años la nacionalidad española). Borges, Cortazar…¡el primero por reagrupamiento familiar y el segundo por arraigo!, respondí como quién tiene aprendida la lección de la resistencia, el mecanismo de respuesta. Titubearon. Los dejaron sobre una de las mesas de estudio. Y fueron colocando en ellas a García Márquez, Martí, Puig, Bioy Casares…Manipulan una antología de Juan Gelman. ¡No lo toquen!, ¡de este me hago cargo yo!. Si quieren firmo inmediatamente un acta notarial por el que me comprometo a su alojamiento y manutención. Estoy dispuesto a contratarlo. Sólo el puede cuidar de mí. Estoy mayor y ya me conoce lo suficiente para consolarme. Es mi medicina…(éste viejo superviviente, judío argentino, es posiblemente una de las voces poéticas más singulares y hermosas de la actualidad).
Uno de ellos introduce lentamente su mano por el hueco que queda tras la primera fila de libros. Coge uno y lo abre…¡se llama Rosario Castellanos! pronuncio con total normalidad (no se me ocurre indicar su origen mexicano). El agente abre el libro y recita el final de su impresionante poema “Lamentación de Dido”: “mi nombre es Dido y el dolor me ha hecho eterna”. ¡Que triste! acierta a comentar. Lo vuelve a colocar en su no lugar (suelo esconder mis nombres preferidos con tal de aumentar mi asombro y sorpresa al encontrarlos).
En el curso de su búsqueda pasan de largo por Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, fray Luis de León, Fernando de Rojas, Blanco White –aunque con éste último dudan- todos son nombres de fácil pronunciación y, por lo tanto, no generan sospecha. Si supieran que todos ellos sufrieron la persecución de nuestra inefable Inquisición…
La tensión crece. Esta orgía de identificaciones nos tiene a los libros y a mí en un permanente desasosiego.¿Quienes son estos?, preguntan, ¿de donde vienen?, ¿qué hacen aquí?, voy pronunciando sus nombres con la mayor suavidad de la que soy capaz: Ben Okri, nigeriano; Wole Soyinska, sudafricano; Naguib Mahfuz, egipcio…¡ya ha muerto! les aclaro a modo de coartada. De nada sirve. Todos son volcados a unas cajas metálicas que traen consigo. Sobre mi mesa estaban dos textos que se les escaparon. Eran de nombres muy de aquí y, supongo, no les llamaron la atención: “Leyendo como una mujer la imagen de la mujer” de -la siempre presente- Lola Luna y el texto manuscrito, aún sin publicar, de Antonio Manuel -un verdadero acontecimiento en mi vida- sobre “La Huella morisca. El fracaso de la expulsión”.
Uno que viste de paisano, es el que contrae y dilata el tiempo de la búsqueda, se dirige a mí: ¿no sabe usted que según la ley que está a punto de aprobarse se considerarán infracciones graves y muy graves promover la permanencia irregular en España y consentir la inscripción en el Padrón por parte del titular de una vivienda que no constituya el domicilio real de los que tienen un nombre difícil de pronunciar?. Y usted está realizando ambos delitos, me dijo. Lamento mucho tener que informarle que se le abrirá un procedimiento sancionador y que estos libros irán directamente al Centro de Internamiento de Málaga para proceder a su devolución y expulsión…En tono más pausado y pedagógico me intentaba explicar que toda esta panoplia de medidas nos venían impuestas por la recientemente aprobada -en la Unión Europea- Directiva de Retorno (popularmente conocida como Directiva de la Vergüenza) y que ellos no podían hacer otra cosa que lo que hacían… Yo sólo pretendía que aprendiesen a pronunciar estos nombres difíciles. Cuando uno aprende a nombrar , esta aprendiendo a aceptar. Es más –añadió el agente de paisano- usted debe recordar lo que públicamente dijo nuestro presidente de Gobierno, el sr. Zapatero, respecto de todos los que se oponían a esa Directiva: “tienen una ignorancia supina o desarrollan una demagogia irresponsable”. ¿ A qué grupo pertenece usted ? me conminó a responder. A la vista está que al primero, ¡soy un ignorante supino!, le respondí con excesiva rapidez.
Se marcharon. ¿Qué será de todos los que no pueden refugiarse en las Bibliotecas y cuyos nombres son difíciles de pronunciar?: Demba, Hassani, Yahia, Ostrowski, Bensaid, Adama, Cohen, Singer, Rashida, Bilal, Dmitrenko, Mohammed…
